17/10/2025
Quiero reflexionar sobre algunos usos del lenguaje que, desde hace un tiempo, vienen llamando mi atención tanto en el discurso público, principalmente en las redes sociales y los medios de comunicación, como en la conversación cotidiana de mi entorno (ciudad de Buenos Aires, Argentina), en relación con la manera de referirse a las identidades LGBTIQ+.
Y empiezo, justamente, por la propia sigla “LGBTIQ+”, que las personas de la diversidad sexo-genérica usamos para referirnos a nosotres mismes colectivamente. Esta sigla suele ser tratada, por quienes no pertenecen a este colectivo, como un trabalenguas impronunciable o el paradigma de la complicación innecesaria. Voluntaria o involuntariamente, muchas personas vacilan al tener que nombrarla: aparecen pequeños tartamudeos, cambios u omisiones en las letras o en su orden. Las personas más conservadoras directamente sobreactúan ofuscación, como si deletrear “L-G-B-T-I-Q-+” implicara un gasto enorme de energía en algo completamente irrelevante.
Puede parecer un detalle menor, pero no lo es. Cuando lo pienso, no puedo evitar irritarme: personas que seguramente no tienen problemas para reproducir de memoria series de letras y palabras tanto o más extensas (como los nombres de organismos internacionales o el plantel entero de un equipo de fútbol) ¿no pueden retener seis letras y un signo aritmético? Inverosímil. Quizá se trata, entonces, de falta de comprensión. Pero ¿es realmente tan difícil entender que la L es por las lesbianas, la G por los gays, la B por las personas bisexuales, la T por las personas travestis y trans, la I por las personas intersexuales, la Q por las personas queer, y que el signo “+” indica que la lista queda abierta? ¿Es cada uno de estos conceptos tan complejo, brumoso o alejado de la realidad –nunca vieron o hablaron con una persona gay, lesbiana, trans, no nos vieron siquiera en una pantalla– que lo vuelve imposible de recordar o reproducir con precisión? No lo creo. (Pienso no sólo en “la gente” en general, sino también en quienes trabajan, precisamente, de comunicar: periodistas, panelistas, conductores/as, influencers). Lamentablemente, es más verosímil suponer que, bajo la dificultad para retener o pronunciar una sigla, yace una falta de interés o de valoración (propia o atribuida a la audiencia) por lo que esa sigla designa. Nuestras identidades y nuestras existencias no son consideradas lo suficientemente importantes como para ser nombradas, por les demás, en nuestros propios términos.
Lo cual me lleva a un segundo ejemplo, que desarrollaré con más detalle. Seguramente quienes leen esto (al menos quienes lo hacen desde países hispanoparlantes) han escuchado o leído en los medios, las redes sociales o la conversación cotidiana el sustantivo “autopercepción” y su verbo correspondiente, “autopercibirse”. Quizás habrán notado que estos términos son usados en sentido irónico o peyorativo: por ejemplo, cuando se dice que una persona “se autopercibe” tal o cual cosa, para dar a entender que en realidad no lo es, o incluso que es exactamente lo contrario. Para entender por qué esto es problemático en relación con las identidades LGBTIQ+, propongo repasar algunos usos de la palabra “autopercepción” y sus derivados en Argentina, entre comienzos de la década del 2000 y la actualidad.
Aclaro que hago este recorte espacio-temporal porque se trata de un ejercicio de reflexión situada, a partir de usos lingüísticos que registro en los discursos que circulan en mi entorno cotidiano, los medios, las redes sociales y los ambientes LGBTIQ+ de mi país. Esto no significa, desde ya, que los usos del término “autopercepción” que describiré a continuación hayan surgido por primera vez o exclusivamente en este contexto. Como puede comprobarse ingresando el término en un motor de búsqueda académico, ya era usado en la psicología, las ciencias sociales y la filosofía desde, al menos, la segunda mitad del siglo XX, y algunos de estos usos probablemente fueron adoptados y resignificados por el activismo LGBTIQ+. Lo que me interesa, a los fines de esta reflexión, es que en Argentina el término “autopercepción” se popularizó a partir del significado que el colectivo LGBTIQ+ le dio durante el proceso de discusión, sanción e implementación de la Ley de Identidad de Género, a comienzos de la década de 2010. Veamos, entonces, dichos usos:
1. Un uso político-jurídico, promovido por la comunidad LGBTIQ+ en relación con el derecho al reconocimiento de la identidad de género. La noción de autopercepción figura, de manera clave, en el documento legal sobre identidad de género más importante de Argentina: la Ley 26.743, conocida como Ley de Identidad de Género, sancionada en el año 2012 después de una larga lucha de los movimientos de la diversidad sexo-genérica y, especialmente, de las organizaciones travestis, transexuales y transgénero. La Ley establece que todas las personas tienen derecho a rectificar su documento de identidad, cambiando el sexo, el nombre y la imagen cuando estos no coincidan con “su identidad de género autopercibida” (artículo 3); y al libre desarrollo personal, incluyendo la adecuación de su corporalidad a “su identidad de género autopercibida” (artículo 11). Estos y otros derechos establecidos en la Ley se basan en la definición de la identidad de género como “la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente” (artículo 2, mi énfasis).
La idea de autopercepción es clave porque, durante siglos, las personas que no se ajustaban a las normas sociales del género (como la que dicta una “correspondencia” entre el sexo anatómico, el deseo, la expresión y el rol de género) debieron soportar que sus identidades fueran definidas y legitimadas por otros. Médicos, psiquiatras, psicólogos y jueces tenían la potestad exclusiva para dictaminar el grado de validez de identidades que a veces eran clasificadas como patologías (con diagnósticos como “invertido sexual congénito” o “transexual verdadero”) y otras veces, directamente, tipificadas como delitos. De más está decir que estas definiciones son decisivas para la vida y el bienestar de les afectades: no da lo mismo, no se tienen las mismas posibilidades, si se es considerada una persona “intrínsecamente” sana, enferma, criminal o inocente. La patologización y la criminalización de las identidades trans forman parte de un entramado mayor de discriminaciones y violencias, perpetradas contra este colectivo por parte de la sociedad y el Estado.
En este contexto, redefinir jurídicamente la identidad de género en términos del derecho a afirmar la propia identidad, ya no a partir de la palabra de otros, sino de la vivencia en primera persona, fue un paso histórico en la lucha por los derechos humanos del colectivo LGBTIQ+. Como apunta Emiliano Litardo, corredactor de la Ley 26.743: “el derecho a la identidad de género se tornó en una posibilidad a partir de la síntesis política del activismo trans expresado en el aporte de otros fundamentos ligados con los derechos humanos, una perspectiva despatologizante, una reformulación de la identidad y la valoración de las experiencias de la diversidad corporal en el marco de una autonomía decisional”; de modo que el reconocimiento de este derecho “implica el deber de respetar y valorar la identidad de género como definición política y personal escogida libre y autónomamente por cada sujeto” (pp. 59-60). La noción de autopercepción es, pues, uno de los fundamentos conceptuales y jurídicos del pasaje de la hétero-designación a la autonomía identitaria.
En el contexto de la lucha por el derecho a la identidad de género, entonces, cuando la comunidad LGBTIQ+ y sus aliades usamos la palabra “autopercepción”, lo hacemos bajo la idea de que la percepción de una persona respecto de su propia identidad de género es razón suficiente y necesaria para respetar esa identidad y adoptar el trato correspondiente. Así sucede en la expresión “su identidad de género autopercibida” en los fragmentos de la Ley 26.743 citados más arriba. También podemos encontrar este uso en textos bastante anteriores, que allanaron el camino hacia la Ley. Por ejemplo, en el primer relevamiento sobre la situación de las travestis en Argentina: La gesta del nombre propio (2005), donde Renata Hiller habla de “nuevos modos de existencia de las identidades travesti. Nuevos modos en que dicha identidad pueda ser reconocida por los demás y autopercibida” (p. 113). O antes aún, en el capítulo “Un itinerario político del travestismo” de Sexualidades migrantes. Género y transgénero (2003), donde Lohana Berkins escribe: “la autovictimización fue la estrategia que [las travestis] usamos para ser aceptadas. Varios años deberán pasar para autopercibirnos como personas con derechos o con una identidad propia, ni masculina ni femenina” (p. 129). En ambas citas, la autopercepción se dice afirmativamente, respecto de algo que efectivamente se es: el travestismo como identidad y, en estrecha relación con esto, la condición de ser titular de derechos.
Ahora bien, desde que entraron a la arena pública durante el debate por la Ley de Identidad de Género, la palabra “autopercepción” y sus derivados han sido reapropiadas y resignificadas por distintos sectores de la sociedad, generando un proceso de cambio semántico. En este proceso, el derrotero seguido por dichas palabras viene siendo, a mi parecer, bastante desafortunado. Para explicarme, anotaré tres usos problemáticos que se han dado a partir del uso político-jurídico (y que por supuesto también son políticos, aunque en otro sentido).
2. Un uso irónico, que apunta a deslegitimar la noción misma de autopercepción y, a través de ella, el derecho al reconocimiento de la identidad de género. Podemos encontrar este uso, por ejemplo, en textos periodísticos que hablan de “autopercepción a conveniencia”, argumentando que esta noción podría ser usada por muchas personas como un atajo para cometer delitos impunemente o para obtener atenuaciones o privilegios carcelarios por delitos cometidos (un fantasma que no se condice con los datos). Otros argumentos, aún más extremos (y quizá por eso, más frecuentes en comentarios de redes sociales y videos), sostienen que si se respetara la autopercepción del género, entonces también se la debería respetar para cualquier otra cosa. Al decir de un usuario de Facebook: “desde ahora me autopercibo planta, y cualquiera que no se refiera a mí como una planta es un plantafóbico y no merece opinar (?)”.
Este tipo de argumentos, que comenzaron a circular cuando se debatió la Ley, apelan al absurdo, el sensacionalismo y el pánico moral. Como sostiene Anahí Farji Neer, se trata de “un movimiento discursivo que relaciona las posibilidades de cambio legal (…) con situaciones extremas de vulneración de derechos (…), sin establecer ningún tipo de mediación argumental o prueba fáctica que las vincule (…) anuda situaciones que, a priori, no poseen ningún tipo de relación causal” (p. 136). Lamentablemente, el recurso a la desconexión argumentativa entre lo que se pretende atacar (el derecho a la identidad de género) y los argumentos con que se lo hace (la comisión de delitos, la asunción de identidades por fuera de lo posible, etc.) no es cosa del pasado: se ha exacerbado hasta el paroxismo en discursos actuales de la ultraderecha contra la “agenda woke”.
En este uso, entonces, la idea de “autopercepción” es resignificada en un sentido diametralmente opuesto al que tiene para la comunidad LGBTIQ+, es decir, asociándola con lo que no se es.
3. Un uso irónico ampliado, no dirigido directa o necesariamente contra la noción de autopercepción. En los últimos años, “autopercepción” viene atravesando un proceso de ampliación de su significado, por partida doble. Como vimos, a partir del uso que le da la comunidad LGBTIQ+ (“autopercepción = percepción válida respecto del propio género”), los discursos de derecha promovieron el significado opuesto (“autopercepción = percepción errónea respecto del propio género”). Ahora bien, este significado irónico se ha extendido más allá de la percepción del género, para abarcar todo tipo de condiciones y situaciones. Así, por ejemplo, escuchamos y leemos en discursos periodísticos que un presidente “se autopercibe progresista, pero es conservador”, o que un alcalde “se autopercibe moderado pero usó las cámaras de la Ciudad para hacer inteligencia ilegal”; en un texto de opinión, que “hay quienes se permiten enmendar a Antonio Machado. Encima, se autoperciben «poetas»”; leemos a un usuario de Facebook comentar que un periodista deportivo “es de River y se autopercibe de Ferro”; o a un usuario de TikTok que, en respuesta a un video motivacional sobre el “poder del pensamiento”, comenta: “o sea que si me autopercibo rico, voy a ser rico... genial”.
En todos estos ejemplos, “autopercibirse” sigue siendo usado irónicamente, con el sentido de “percibir algo que en realidad no se es”. Sin embargo, esta negación concierne ahora a aspectos tan diversos como la ideología política, el arte poético, el equipo de fútbol o la situación patrimonial.
4. Un uso coyuntural o mitigador. Este uso concierne al grado de fuerza con que lo autopercibido es afirmado o negado. En el uso político-jurídico de la comunidad LGBTIQ+, lo autopercibido (la vivencia del género) es afirmado como necesariamente válido. En los usos irónicos, lo autopercibido (sea el género u otra cosa) es negado como completamente falso. Ahora bien, en este uso, que podríamos llamar “coyuntural” o “mitigador”, lo autopercibido (que también puede referirse a cualquier cosa) es afirmado con un grado de fuerza variable, sea porque se trata de algo que puede ser en mayor o menor medida; algo que puede ser cierto en un momento, pero no en otro; o algo que se plantea como debatible u opinable. Por ejemplo, leemos en un diario que los sectores productivos “se autoperciben marchando al abismo”; en un portal de noticias, que “en 2004 el 91% de la sociedad se autopercibía de clase media”, o que uno de los fundadores del partido libertario de Argentina “se autopercibe como una de las «4 o 5 personas que le dieron vida» al espacio”; en una entrevista radial, alguien dice: “yo ni siquiera me autopercibo independiente (…) me autopercibo interdependiente porque si no hubiera una red de apoyo de personas que escuchan mi música (…) yo no podría estar haciendo esto”; y en una entrevista en un canal de streaming, otra persona dice: “yo me autopercibo intensa como madre… y como todo”. Lo vemos, incluso, en la traducción al castellano de una declaración hecha en inglés: “yo me autopercibo como alguien que todavía está en progreso como músico”.
En todos estos ejemplos, lo autopercibido (la situación financiera, la clase social, la importancia como operador político, la independencia económica, la intensidad como rasgo de la personalidad, la madurez artística) es afirmado como válido, pero de manera menos categórica: contempla un margen de contingencia, variabilidad u objeción. A mi entender, este cambio en el grado de fuerza de la aseveración está ligado a la ampliación del significado de “autopercepción”, de la vivencia del género a prácticamente cualquier otra cosa.
He llamado a estos últimos tres usos “problemáticos”. Esto es claro en el caso del uso irónico, que invierte el significado del término para deslegitimar al colectivo LGBTIQ+ y sus reclamos. Sin embargo –y esto es lo que me motivó a escribir sobre el tema–, el uso irónico ampliado y el uso “coyuntural/mitigador” me parecen igualmente problemáticos, aunque de manera diferente. Sucede que estos usos no sólo aparecen en el discurso de los sectores conservadores, sino que también han sido adoptados, acríticamente, por los progresistas. Por ir al caso, muchos de los ejemplos que cité antes provienen de medios y personas que no sólo no son de derecha, sino que están activamente comprometidas en causas por los derechos humanos. El problema es que, aunque no hagan referencia a las personas LGBTIQ+, estos usos contribuyen a consolidar el significado de “autopercepción” como una falsa percepción, o como una percepción que puede ser cuestionada por otres. De esta manera, el significado político-jurídico del término –la autopercepción como fundamento del derecho humano a desarrollar y expresar libremente la propia identidad de género– va quedando sepultado bajo un aluvión de usos que, al asociar la idea de autopercepción con cualquier otra cosa, terminan por banalizarla. Así, el significado promovido por uno de los colectivos más vulnerados de la sociedad argentina se erosiona y pierde fuerza.
Alguien podría objetar que estas cuestiones no tienen que ver con descuidos o desconsideraciones en el uso del lenguaje, sino con la complejidad que los debates de género y diversidad suponen para una parte de la población. Volviendo al ejemplo de la sigla “LGBTIQ+”, podría señalarse que, efectivamente, existen diferentes versiones, con variaciones en la cantidad y el orden de letras, y que eso puede generar confusión. Sin embargo, la variación en los modos de nombrar(se) no es algo exclusivo de la diversidad sexo-genérica. Ocurre en todos los grupos y actividades sociales sujetos a procesos históricos de cambio: es decir, en todos los grupos y actividades sociales. Pensemos en los procesos de descomposición y recomposición que atraviesan las agrupaciones e identidades políticas, y que cada vez dan lugar a nuevas denominaciones. Como muestran Andreína Edelstein e Inés Kugel, desde el regreso de la democracia en 1983, en Argentina son numerosísimas las palabras terminadas en -ismo que se forman sobre la base de nombres, apellidos, sustantivos comunes y hasta oraciones. Se habla actualmente, por ejemplo, de “peronistas”, “kirchneristas”, “panperonistas”, “cristinistas”, “massistas”, “morenistas” y “axelistas”, entre otras. Sin embargo, nadie parece ofuscarse o padecer una gran dificultad ante esta constante proliferación de términos: ni siquiera cuando, tal como ocurre con los elementos de la sigla “LGBTIQ+”, se los debe combinar de distintas maneras, porque sus significados se solapan sin coincidir del todo.
Como dije al principio, creo que lo que subyace a estos fenómenos discursivos es una falta de interés o de valoración de nuestras identidades y nuestras problemáticas. Las desigualdades y las violencias que vivimos cotidianamente no son asuntos individuales o casos aislados, sino el resultado estructural de una relación de fuerzas, sostenida por el conjunto de la sociedad y que queremos cambiar. Por eso insistimos, entre otras acciones, en que se respete nuestra forma de nombrarnos, así como nosotres respetamos la del resto. No se trata de un preciosismo terminológico en nombre de una corrección política abstracta. Estas omisiones, estas banalizaciones del sentido, aun cuando son involuntarias, no son inocuas. Cada vez que se nos nombra de manera incorrecta, cada vez que no se respetan las palabras que adoptamos porque nos identifican y que –es enojoso tener que aclararlo– no perjudican ni quitan derecho alguno a nadie, lo que se transmite es que nuestras identidades, nuestros problemas y, en definitiva, nuestras existencias, no son importantes.
A veces se amonesta a las personas LGBTIQ+ (pero también a las feministas y activistas de la diversidad funcional, entre otres) señalándonos que deberíamos ocuparnos menos de las palabras y más de “la verdadera inclusión”, o bien de “los problemas realmente importantes”. Como si conocieran nuestros problemas mejor que nosotres. Como si nunca hubiéramos reflexionado sobre la relación entre nuestras historias de vida y nuestros activismos. Como si no hubiéramos hecho un arduo trabajo para reconstruir nuestra memoria colectiva. Como si no supiéramos en carne propia que la discriminación y la expulsión se nos aparecen primero a través del lenguaje, con el primer comentario despectivo escuchado en la infancia o la adolescencia, con el primer insulto antes del golpe. Como si el respeto por nuestras existencias no tuviera nada que ver con la palabra de quienes nos señalan como errores de la naturaleza o amenazas sociales. Como si no fueran los gestos, las palabras –y también ciertos silencios– los que marcan a unas identidades como valiosas y a otras como despreciables. Como si ese desprecio no se plasmara en secuencias terribles de violencia, por acción y omisión.
En “Los existenciarios trans”, publicado en La diferencia desquiciada (2013), Lohana Berkins escribió que la identidad “no es meramente una cuestión teórica, es una manera de vernos y ser vistas de una manera que puede permitir o impedir el reconocimiento, el goce, el acceso a derechos. (…) [Definirnos como travestis] es un modo de vida, es dar un nombre a lo que quiere ser «encajado» en un orden que impugnamos” (p. 92, mi énfasis). Nuestras identidades se construyen y se defienden, entre otras cosas, en los nombres comunes que nos designan –travesti, trans, no binarie, marica, lesbiana, bisexual, gay, queer–, en los tejes que hacemos con esos nombres y también, por supuesto, en los nombres propios y los pronombres que elegimos. Palabras en movimiento, que nos constituyen sin encadenarnos. Palabras que deben ser afirmadas, una y otra vez, contra la ironía, la banalización y el silenciamiento. Palabras que importan.
COMENTARIOS
Para poder hacer comentarios debes estar registrado
Sin comentarios
La Asociación de Estudios del Discurso y Sociedad (EDiSo) - NIF/CIF: G86647906 Dir. postal: Ctra. Cantoblanco, Km. 15 Departamento de Lingüística, Lenguas Modernas, Lógica y Filosofía de la Ciencia Universidad Autónoma de Madrid Provincia: 28049 – Madrid., Email: info@edisoportal.org.
En nombre de la empresa tratamos la información que nos facilitáis para ofrecer el servicio solicitado, y hacer la facturación. Los datos proporcionados se conservarán mientras se mantenga la relación comercial o durante los años necesarios para cumplir con las obligaciones legales. Los datos no se cederán a terceros excepto en los casos en que haya una obligación legal. Tenéis derecho a obtener confirmación sobre sí en EDiSo estamos tratando tus datos personales. Por lo tanto, tenéis derecho a acceder a vuestros datos personales, rectificar los datos inexactos o solicitar la supresión cuando los datos ya no sean necesarias.